Solo un 25% de los futuros maestros cursó el bachillerato tecno-científico, y se refleja en su docencia | Educación

Un alumno del grado de Educación Infantil o de Educación Primaria (el antiguo Magisterio) puede llegar a la carrera sin haber tenido clase de matemáticas desde los 16 años porque ha estudiado la rama de Humanidades. Y en el grado verá pocos números, la mayoría relacionados con su didáctica. Este hecho pasa luego factura en su destreza para enseñar una materia que a veces no domina. Un estudio conjunto de las facultades de Educación de la Universidad Complutense, UNIR y la Europea de Madrid concluye que solo uno de cada cuatro alumnos (25,34%) de los grados de Magisterio ―de una muestra de 5.782 inscritos en primer año de centros de toda España en un periodo de cuatro años― había cursado un bachillerato científico-tecnológico, cuando en el cómputo total representan un 46%. Los alumnos de letras mixtas, por su parte, cursan unas matemáticas menos exigentes aplicadas a las ciencias sociales.

Juan Montes, vicepresidente externo de la Asociación Nacional de Estudiantes de Educación, está a punto de terminar Educación Primaria en la Universidad de Valladolid (UVA). Tenía clara su vocación de maestro y, aunque le encantan las ciencias, le animaron a hacer un bachillerato de Ciencias Sociales supuestamente más fácil. No tiene claro si se confundió porque tuvo que memorizar mucho, algo que odia. En la UVA hay que aprobar tres asignaturas relacionadas con las matemáticas y él disfrutó. “Me gusta mucho cómo se dan las matemáticas [en la facultad], porque desde el primer día nos explican que hay que tener el conocimiento y transmitirlo desde la seguridad”, relata. “Muchas veces el miedo que tienen los alumnos a las matemáticas se lo transmiten sus profesores. Salvo los cuatro raros en clase a los que nos gustaban, el resto prefería no darlas. Y eso es una pescadilla que se muerde la cola”. Montes se pregunta por qué para impartir Religión, con una hora semanal de clase en el colegio, hay que aprobar cuatro asignaturas en la carrera y para dar Matemáticas, con cinco horas semanales en el horario, apenas tres materias.

A Educación se llega siempre habiendo estudiado lengua, que es una asignatura obligatoria en todas las etapas, pero no matemáticas. Ello explica que por el plan del Gobierno de refuerzo de ambas materias ―cuya partida económica pende de los presupuestos―, los maestros de primaria vayan a recibir formación en ambas didácticas, pero solo de nociones matemáticas. “Hay conocimientos que han olvidado porque no ven las matemáticas desde cuarto de ESO, pero lo más preocupante es su desafección. Han ido por Humanidades huyendo de las matemáticas”, se lamenta Irene Ferrando, presidenta de la comisión de Educación de la Real Sociedad Matemática Española (RSME).

Esta brecha de ramas en el bachillerato, que desvela el informe Perfil de acceso a la universidad de los maestros en España, “plantea un difícil reto a las estructuras curriculares de los planes de estudios en los grados que hay en España, en las que la presencia de las cuatro áreas STEM ―ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas― es muy desigual”, alertan Inmaculada Asensio y Delia Arroyo, entre otros autores. En el caso del grado de Educación Infantil, solo un 19,2% de los matriculados proviene de ciencias puras, y sube a un 27,9% en el caso de primaria. Sin embargo, en el doble grado de Infantil o Primaria con Ciencias del Deporte ―con un número muy bajo de plazas y que exige más nota de acceso― los técnico-científicos son un 61%, y un 72% en el caso de Educación y Matemáticas, que solo se oferta en la Universidad Rey Juan Carlos y con una media de ingreso por encima del 12,6 sobre 14.

Alejandro Alcántara, secretario de la asociación de estudiantes, hizo un bachillerato de Ciencias de la Salud ―con las matemáticas más complicadas―, aprobó con menor calificación de la que esperaba la asignatura en la carrera en la Universidad de Sevilla. “Al principio se daba la suma, la resta, la multiplicación, la división, algunos aspectos de geometría…, que es algo que yo hacía muchísimo tiempo que no tomaba”, enumera un estudiante que no tiene problemas para resolver derivadas o integrales. “Y eso de aprender con el ensayo y error no me convencía”, prosigue Alcántara, ya en tercer año. Cambió la Ingeniería Informática por el Magisterio en el último momento al matricularse y con su decano ha hablado mucho sobre implantar una prueba de actitud y habilidades sociales para entrar en el grado, lo que considera también muy importante.

Facultad de Educación de la Universidad Complutense. Álvaro García

En 2020, solo en tres de las 17 comunidades autónomas los alumnos de la carrera de Educación Infantil ―que darán clase a escolares de tres a seis años― recibían formación en didáctica de las matemáticas. Y donde se impartía supuso entre el 2,5 % y el 3,75 % del total de créditos, según un estudio de la RSME. En el grado de Educación Primaria ―con alumnos de 6 a 12 años― los universitarios reciben de media 180 horas de formación (el 7,5% de los créditos) y el Gobierno frenó el pasado año sus planes de reducir a un tercio (60 horas) el tiempo, tras un desencuentro absoluto con las facultades de Educación.

Los bachilleres del científico-tecnológico, que suelen acceder a Magisterio con mejores medias, logran notas en la carrera algo mejores que el resto en Infantil (5,7 frente a 5,4) y Primaria (6 frente a 5,8). Diversos estudios ponen de manifiesto que muchos maestros sufren estrés ante las matemáticas. “Tú trasladas tu ansiedad si no dominas la materia. Si yo mañana tuviese que enseñar, por ejemplo, biología me ceñiría al libro y no me saldría de ahí porque no soy capaz de conectar esos conocimientos con otras cosas o materias”, relata Julio Rodríguez Taboada, presidente de la Federación Española de Sociedades de Profesores de Matemáticas (FESPM). “Les transmitiría a los alumnos esa inseguridad inconscientemente. Una persona que no ha conectado las matemáticas con los saberes tiene una formación que necesita reforzarse, porque va a dar tantas horas de matemáticas como de lengua”. La Autónoma de Madrid y la Complutense ofertan clases para quitar esa ansiedad.

En la Universidad de Valencia, donde da clase Ferrando, el único grupo de repetidores creado fuera del horario para que no pierdan otras clases es el de las matemáticas de segundo curso ―la única asignatura solo estrictamente de conocimientos en los cuatro años del grado―, que equivalen a nueve créditos (90 horas de clase). El 75% de los matriculados aprueba la asignatura, el porcentaje más bajo de todas las asignaturas de la carrera, cuya media es del 95%. La profesora reconoce que bajan algo el nivel porque si no, muchos suspenderían. A Ferrando le inquieta que con esa desafección “es imposible que los profesores transmitan a los alumnos el amor por las matemáticas y se fomenten las vocaciones STEM”. No es un problema menor, pues España ―como casi todos los países del entorno― requiere técnicos cualificados: en la próxima década se necesitarán 200.000 profesionales, según el Observatorio de la Ingeniería de España.

En la mayoría de los grados existen menciones de especialidad ―Educación Física, Música, Inglés, Audición y Lenguaje o Pedagogía Terapéutica (PT)―, pero no de matemáticas o lengua, una demanda de la FESPM. Y donde se oferta no se obtiene ninguna contrapartida profesional. “Esas personas podrían servir de referencia en cada centro escolar, como hay especialista en música o educación física, para coordinar y dinamizar la enseñanza”, sostiene Rodríguez Taboada, que da clase en un instituto de Moaña (Pontevedra). Opina igual la RSME. En los años de la EGB, los maestros de segunda etapa (que coincide con sexto de primaria y segundo de ESO) se dividían entre los que daban clase de ciencias y letras.

Al grado de Magisterio ―a diferencia de otros países en los que además hay una entrevista para testar la vocación― se ingresa solo con la EBAU aprobada; en algunas facultades, como la de la Complutense, Murcia, Zaragoza y Málaga, se exige una nota de acceso muy alta. Las excepciones son la Universidad de Islas Baleares y las facultades públicas catalanas, donde los aspirantes tienen que aprobar las Pruebas de Aptitud Personal (PAP), que miden la comprensión intrínseca de documentos y “la capacidad de usar conocimientos y habilidades relativos a diversos ámbitos de las matemáticas para resolver ejercicios”. En torno al 40% suspende cada año en Cataluña (45% en la última edición), lo que ha llevado a tres facultades privadas ―afectadas por el descenso en las matrículas― a quitar esta criba inicial. 70 decanos de Educación pidieron el pasado año que la prueba se aplique en todo el territorio.

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