Manual de instrucciones para pensar en el tiempo y no perderlo | Cultura

“Acabo de regresar de una larga carrera por el río, y sobre el río iba saliendo la luna. Era hermoso”, dice el escritor Stefan Klein. Lo dice porque para responder a la pregunta sobre cómo lidiar con esa espantosa sensación de que el tiempo se nos escapa, la certeza de nuestra propia finitud, de que la vida es una cuenta atrás. Klein aprovecha para recordar a otro autor, Paul Bowles, que alguna vez escribió sobre lo equivocado de pensar que los momentos de nuestras vidas se repiten. “¿Con qué frecuencia experimentamos una luna llena naciente, con qué frecuencia un encuentro especial? ¿Cinco veces, diez veces? No es mucho”, reflexiona. Hay que apreciar cada instante, percibirlo en toda su dimensión: es el mejor modo de lidiar con el paso del tiempo. “Al darle más vida a nuestro tiempo, le damos más tiempo a nuestras vidas”, sentencia Klein.

Lo que Klein (Munich, 57 años) predica no solo debe aplicarse a momentos individuales (o tan poéticos como una carrera durante el crepúsculo), sino también a la planificación a medio y largo plazo. Ejemplo: el autor siempre pensó que no era buen bailarín. Ahora, cerca de convertirse en sexagenario, se ha apuntado a clases de salsa con su pareja. Eso también contrarresta la sensación de aceleración que suele darse a medida que se envejece. La novedad ralentiza: cuanta más información fresca procese el cerebro, más largo parece un período en retrospectiva.

Este autor alemán, formado en Física y Filosofía, ha escrito El tiempo. Los secretos de nuestro bien más preciado (Península). Su libro no solo trata sobre cómo soportar su paso, sino sobre otros aspectos: la perspectiva científica, la dimensión social o las rarezas del tiempo psicológico. El tiempo es algo que nos atraviesa, algo de lo que estamos hechos (“somos el tiempo que nos queda”, escribió Caballero Bonald), pero que no entendemos del todo. ¿Qué es? “Si nadie me lo pregunta, lo sé, o por lo menos imagino saberlo. Pero si he de contestar a quien me lo pregunta, ya no lo sé”, escribió Agustín de Hipona.

El escritor alemán Stefan Klein, autor de ‘El tiempo. Los secretos de nuestro bien más preciado’ANDREAS LABES

El tiempo que maneja la ciencia es extraño: aunque la perspectiva newtoniana pintaba un tiempo absoluto externo al mundo que discurría con paso militar, indiferente a todo lo demás, la teoría de la relatividad maneja un tiempo que se ralentiza cuando nos movemos a cierta velocidad o cuando estamos en el seno de un campo gravitatorio. En el diminuto mundo cuántico, de las partículas subatómicas, el tiempo, tal y como lo entendemos, no existe.

En el ensayo recientemente reeditado El orden del tiempo (Anagrama) del físico Carlo Rovelli, el autor llega de manera divulgativa hasta las profundidades teóricas de su disciplina, la gravedad cuántica (esa que trata de compaginar la Mecánica Cuántica y la Relatividad, en principio incompatibles). “La estructura del tiempo no es lo que parece (…) lo descubrí con estupor en los libros de física, en la universidad. El tiempo funciona de manera distinta a cómo se nos presenta”, escribe Rovelli.

El reloj de la mente

Además de este tiempo de las ecuaciones, está el tiempo psicológico, que “es una de las actividades más sofisticadas de nuestra mente”, según afirma Klein. Casi todas las funciones cerebrales colaboran para generarlo: los sentidos, la memoria, las emociones, la autoconciencia. La alteración de cualquiera de estos engranajes puede hacer que la maquinaria temporal se distorsione o incluso desaparezca. Curiosamente, disponemos de un reloj biológico, pero ni es demasiado preciso, ni podemos consultarlo. Tenemos órganos que pueden detectar la luz o los sonidos, pero ninguno que perciba con exactitud el tiempo: si nos preguntan la hora por la calle, tenemos que mirar el reloj del smartphone.

A veces la percepción del tiempo está relacionada con el movimiento. “Por eso los músicos tocan automáticamente más rápido cuando respiran más rápido, y por eso los maestros de tai chi pueden congelar su experiencia del tiempo a través de movimientos extremadamente lentos”, dice Klein. Cuando en periodos largos no pasa nada, como en una sala de espera, el tiempo se hace muy largo, pero en una animada conversación se pasa en un santiamén: la información acelera la percepción cerebral del tiempo.

El científico Carlo Rovelli, en la puerta de la librería Shakespeare & Co. de París.
El científico Carlo Rovelli, en la puerta de la librería Shakespeare & Co. de París.ERIC HADJ

Nuestra percepción del tiempo también tiene raíces culturales. Algunos indígenas de los Andes en vez de conceptualizar el futuro como algo que está delante y el pasado como algo que está detrás, lo hacen al revés. No es descabellado: ya hemos visto los acontecimientos del pasado, pero estamos ciegos, de espaldas, ante el porvenir. “Los aimaras viven conforme a esto: como el futuro les parece invisible, no vale la pena dedicarle un solo pensamiento. Si les preguntas sobre mañana, se encogen de hombros. Y esperan medio día un autobús o a un amigo que no llega con una ecuanimidad que nos resulta increíble”, explica Klein.

En Occidente la cultura del tiempo también ha cambiado. No es solo que vivamos cada vez más acelerados, es que antes de la Revolución Industrial el tiempo se enfrentaba de manera completamente diferente. Fue la aparición de los relojes en los campanarios que empezaron a reglar los ritmos de trabajo, rigiendo el tiempo local en cada pueblo, o la necesidad de regular las llegadas y salidas de los trenes sincronizando los tiempos entre localidades, lo que fue acercándonos a nuestro concepto de un tiempo universal que, aun con sus husos horarios, ordena la vida en la Tierra (y que, por cierto, la Física niega en esencia).

La crisis de la mediana edad

Otra forma de experimentar el tiempo es nuestra edad. La mediana edad, esa en la que descubrimos, con cierta sorpresa, que somos finitos y que el fin está ahí, en el horizonte, es el tema del ensayo recientemente reeditado En mitad de la vida (Libros del Asteroide), del filósofo británico Kieran Setiya. Entre variadas reflexiones sobre la nostalgia, los sueños incumplidos o el arrepentimiento, se discute una curiosa teoría, la de la letra U. Según esto, la vida sería como una U: sus mejores momentos ocurren al principio, en la infancia e, inopinadamente, al final, en la senectud. El punto más bajo de la U es la mediana edad, cuando nos llevamos los citados chascos existenciales y más nos agobian los cuidados de los hijos, de los mayores o las responsabilidades laborales. Un consejo: “Tengo que aprender cómo estar en el momento”, escribe Setiya.

'La muerte de Séneca', 1871, de Manuel Domínguez Sánchez. En el Museo del Prado.
‘La muerte de Séneca’, 1871, de Manuel Domínguez Sánchez. En el Museo del Prado. Fine Art Images / Heritage Images / Getty Images

Aunque la vida parezca corta, no lo es tanto, como señala Séneca en La brevedad de la vida, que reedita ahora Herder. Lo importante es no perder el tiempo en cosas sin importancia ni en sufrimientos inútiles, como predica la filosofía estoica, tan de moda últimamente. Es preciso, para Séneca, vivir enfocados en el presente. Una idea similar a las que difunden Setiya y Klein: existe cierto consenso en la necesidad de atar corto la cabeza y vivir en el aquí y ahora.

El alemán también entra a valorar otro dilema fundamental del bienestar: ¿es preferible tener tiempo o tener dinero? El dinero hace mucho si uno no tiene cubiertas sus necesidades básicas (véase la pirámide de Maslow). Pero una vez estas están resueltas, la diferencia no es tanta. “Cuanto más dinero tienes, menos aumenta cada euro extra tu felicidad. En ese caso, el dinero no compra la felicidad: cuanto más control tienen las personas sobre su tiempo, más felices son”, concluye el autor.

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