El escritor húngaro László Krasznahorkai, Premio Formentor de las Letras 2024 | Cultura

El escritor László Krasznahorkai (Gyulia, Hungría, 70 años) recibirá el Premio Formentor de las Letras 2024 según se ha anunciado este sábado. El jurado entrega el premio “por sostener la potencia narrativa que envuelve, revela, oculta y transforma la realidad del mundo, por dilatar la versión novelesca de la enigmática existencia humana, por convocar la vigorosa lectura de una compleja fabulación y construir los fascinantes laberintos de la imaginación literaria”. En anteriores ediciones el premio había sido recibido por Pascal Quignard, Liudmila Ulítskaya, Annie Ernaux, Cesar Aira, Javier Marías o Mircea Cărtărescu.

Krasznahorkai es un asiduo en las quinielas Nobel y su figura ha estado rodeada de algún misterio: es poco dado a conceder entrevistas y al inicio de su carrera hay quien pensaba que, sencillamente, el escritor no existía. Algunas de sus obras son Tango satánico (su primera novela, de 1985), Guerra y guerra o La melancolía de la resistencia, todas ellas publicadas en España por Acantilado y traducidas por Adam Kovacsis.

Algunas de ellas han sido llevadas a la pantalla por el cineasta Béla Tarr, del que es estrecho colaborador desde 1988. Su versión de Tango satánico es una película de culto de siete horas de duración. La obra relata “la convivencia y la connivencia de un puñado de seres humanos confinados en una tierra desapacible y condenados a una vida miserable en la que el apocalipsis es un hecho cotidiano”, según escribió el crítico Javier Aparicio Maydeu en este periódico. “Presentimientos, reproches, rencores, los siete pecados capitales de la ruina moral, hastío, tiniebla y desazón”, añadía.

Hijo de la burguesía judía, ha sido comparado con Kafka o Thomas Bernhard, con Gogol o Bulgakov, ha sido amigo de Allen Gingsberg o Imre Kertész, fue aclamado por Susan Sontag y W. G. Sebald, se lo considera difícil y exigente, opresivo y distópico, posmoderno y tragicómico, y siempre viste de negro. “La obra de nuestro premiado abarca en su elíptica y demorada evocación los sombríos, bellos y melancólicos paisajes del alma, la abrupta cartografía de la sinuosa peregrinación humana y los secretos murmullos de una ensimismada premonición”, explica el acta del jurado.

Laszlo Krasznahorkai en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en octubre de 2018. Carlos Alvarez

En una entrevista con este periódico de 2022, el escritor, que ganó el premio Man Booker Internacional en 2015 (por su carácter “visionario”), criticaba la aceleración contemporánea, enraizada en el hiperdesarrollo tecnológico. “Nuestra conciencia del tiempo se acelera. Recibimos una cantidad de información impresionante y llega con tal rapidez que pasa a no significar nada. Se necesita tiempo”, decía. Y denunciaba también que, en la sociedad del bienestar, las personas somos mantenidas alejadas de lo real. “Cada vez tenemos menos relación con la realidad y cada vez más con lo que algunos dicen sobre ella. Si me entero de que ha habido un accidente en la esquina puede que no signifique nada, pero si alguien se desploma delante de mí y está ensangrentado eso se me va a quedar grabado”, reflexionaba el húngaro.

Además, denunciaba como esa desconexión con la realidad, y conexión perpetua con las pantallas, está aniquilando las tradiciones antiguas, un saber acumulado que no se puede transmitir por el smartphone. Los aprendices de carpintero de los templos de Japón ejemplifican que hay cosas que solo se pueden aprender por experiencia directa. “El maestro coge un cepillo y hace dos o tres movimientos antes de pasárselo al alumno para que lo repita el resto del día. Al terminar le dice que está mal, y al día siguiente hará lo mismo. Si el aprendiz pregunta cómo hacerlo bien, errará porque no hay respuesta. Lo único que cabe hacer es imitar, imitar, imitar hasta que el maestro concede que está bien”, relataba Krasznahorkai.

“Yo escribo sobre gente que ha experimentado y vivido todo eso, no sobre mí mismo. Hay gente mucho más interesante que yo. Si no entiendes esto no podrás ser novelista. Hablar de uno mismo es algo que haces con tu esposa o tu exesposa, y cada uno dirá sus propias verdades”, añadía.

El escritor húngaro László Krasznahorkai muestra, en 2004, un cartel con su nombre junto al autor de origen rumano Adan Bodor y el traductor Adan Kovacsis.
El escritor húngaro László Krasznahorkai muestra, en 2004, un cartel con su nombre junto al autor de origen rumano Adan Bodor y el traductor Adan Kovacsis.BERNARDO PÉREZ

Lo oriental, como se ve, es uno de los intereses del autor, y lo explicó en una visita a Barcelona en 2006, para presentar su obra Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río, cuyo título alude al antiguo arte del feng shui, que narra la búsqueda de un legendario jardín japonés de incomparable belleza y cuyo origen está en una estancia en Kioto, donde el autor sintió una fuerte impresión por la cultura clásica japonesa.

“No soy de los que soñaban ir a Oriente de niño, porque no podía imaginar que fuera a salir de aquel país horrible en el que nací”, dijo entonces. Cuando por fin llegó a Japón, encontró “una forma increíblemente sutil de la belleza y en gran abundancia”, un deseo de belleza tan intenso “que era como una infección de paraíso, lo contagiaba todo”.

En 2018, el autor daba una charla en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Ahí explicó por qué, aunque su prosa tiene musicalidad poética, no se convirtió en poeta. “Escogí la novela y el ensayo porque me parecen géneros que se acercan más a lo objetivo, sin embargo, en lo que escribo, dejo penetrar la música y la poesía, que son partes fundamentales de mi vida”, afirmó entonces.

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