Peñaranda, a hombros, y Navalón, dos novilleros a tener en cuenta | Cultura

Peñaranda, a hombros, y Navalón, dos novilleros a tener en cuenta | Cultura

Al remolón y lujoso novillo que abrió plaza y feria lo toreó Peñaranda, torero de buena planta y buen concepto, con solvencia. No fue una faena brillante, ni arrancó cálidos olés en esta fría tarde, pero todo lo que hizo tuvo argumento y lógica. Bien colocado y siempre en la media distancia, una serie en redondo con la derecha y naturales sueltos fueron lo mejor. Las manoletinas finales, sin ayuda del estoque, fue lo que levantó más el ánimo de la gente. La estocada contraria, de rápidos efectos, fue suficiente. La oreja concedida, una cortesía del palco.

El cuarto pareció tener más aire en el último tercio. Sus primeras embestidas, sin ser un dechado de clase, si tuvieron al menos recorrido. El viento molestó algo y Peñaranda volvió a montar una faena de gran soltura. De notable superioridad ante una res que, poco a poco, fue perdiendo gas, hasta ahogarse en las arrancadas finales. Faena de golpes, de muletazos sueltos. Impronta de novillero hecho y derecho, que parece preparado para empresas mayores. Y de nuevo cortesía del palco para abrir la puerta grande.

Al segundo de la tarde lo toreó Navalón con natural suficiencia, sobrado de argumentos, recursos e ideas. Pero el novillo de Chamaco no estuvo por la labor de ser un aliado. Muletazos sueltos, sin ligazón pero de buen dibujo, en una faena con altibajos. Un cambiado por la espalda y un par de circulares le dieron mayor contacto con la gente. Con el novillo en plan manso y distraído, esa labor acabó en terrenos de toriles y con un susto al ser enganchado por la hombrera sin mayores. La espada dejó el asunto en tablas.

Navalón destapó en el buen quinto todo su poderío. El inicio de faena fue anuncio de que la cosa prometía: tres estatuarios y el pase del desprecio, sin mover las zapatillas. Firme en la arena. A partir de ahí, coraje, buenas formas y un valor seco y sereno. El novillo resultó lo mejor del envío, y aunque manseó en varas tuvo buen son y nobleza en la muleta. Navalón enseñó toda una colección de saber ser y estar. Tan enrabietado como a sangre fría, marcó la faena a partes iguales por ambos pitones. La traca final fue un racimo de muletazos combinados: bernadinas, una imaginativa arrucina y la rúbrica del molinete con el novillo enroscado a la cintura. Le pidieron las dos orejas, y con los antecedentes del palco no hubiera sido ninguna barbaridad dárselas. Le obligaron a dar dos vueltas al ruedo y el presidente se llevó una monumental reprimenda.

Sin ser novillo de complicadas soluciones, el tercero fue para Alberto Donaire una prueba en su debut con picadores en la capital. Con pocos recursos técnicos pero notable amor propio, se fue haciendo el ánimo a medida que transcurría la lidia. A base de querer, con una porfía de cerca, aún fue capaz de sacar un par de naturales muy ajustados. La faena en sí fue de voluntad contrastada, pero también como un baile muy desigual. Con el novillo echando la cara arriba y de frenazo en seco con las patas delanteras, no fue precisamente el ideal para un espada tan novel.

De ir y venir, sin clase ni peligro, fue el que cerró plaza. Y otra vez Donaire voluntarioso, sorteando algún apuro, sorprendido a veces y siempre valeroso. Le queda camino por recorrer.

CHAMACO / PEÑARANDA, NAVALÓN, DONAIRE

Novillos de Chamaco, desiguales de presentación; mansitos, sosos, noblotes y sin casta; el quinto fue un buen novillo en la muleta.

Alejandro Peñaranda: estocada contraria (oreja);  estocada -aviso- (oreja).

Samuel Navalón: pinchazo, estocada trasera y tendida -aviso- y cuatro descabellos (saludos); estocada pasada (oreja).

Alberto Donaire: estocada baja -aviso- y cinco descabellos -2º aviso- (silencio); bajonazo (vuelta por su cuenta).

Plaza de Valencia. 9 de marzo. Primera de Fallas. Un cuarto de plaza en tarde muy fría.

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