La protagonista de los Oscar ya está lista: Hollywood desenrolla la alfombra roja a las puertas del teatro Dolby | Premios Oscar | Cine

El carisma universal de los premios Oscar se define en una sola imagen: la de un puñado de operarios desenrollando un pedazo de tela roja a las diez de la mañana de un miércoles. Si extrapolamos la foto, la verdad es que tiene poco sentido. Pero esto es así. Porque esto son los Oscar. La ceremonia de entrega de premios más famosa del mundo entero, que prepara todo un evento, cargado de expectación, periodistas y cámaras, de algo tan simple como colocar la moqueta.

Pero el gesto es universal y conocido gracias a los casi cien años que tienen los premios y se repite, año tras año, con o sin presentador. Es un pistoletazo de salida, un rito marcado para decir: aquí estamos, hemos venido a invadir las televisiones, los periódicos y las revistas durante la próxima semana, a daros conversación y chascarrillos, a hacer lo que mejor sabemos, espectáculo. Y, temporada tras temporada, lo consiguen.

La alfombra y los premios tienen tanto peso en el panorama cultural y social que ni siquiera necesitan de un rostro famoso que les acompañe. Este miércoles, en el Paseo de la Fama de Hollywood, en la puerta del Dolby (que acoge la gala desde hace 22 ediciones, tras mudarse aquí desde el Shrine Auditorium), algunos esperaban a Jimmy Kimmel, el humorista que presentará los premios el próximo domingo por cuarta vez. No estaba anunciado, pero se le presuponía; además, el teatro desde el que emite cada noche su programa está exactamente enfrente del Dolby, a desmano no le pillaba. Pero no apareció, y tampoco nadie preguntó por él. “Nada, no podía pasarse, tenía unas entrevistas después…”, comentaba alguien del (inmenso) equipo organizativo de los Oscar. No se le echó de menos. La alfombra es una entidad en sí misma que no necesita de apellidos famosos para darse a conocer.

El tapete rojo se ha desplegado en dos partes, para que los medios pudieran grabarla con calma, pero también porque es muy ancha y en realidad está compuesta por dos trozos de unos cinco metros de ancho cada uno que después se unen con cuidado. Cuando las decenas de congregados han desaparecido de allí, los operarios, en su mayoría latinos (California tiene un 50% de población latina, su principal grupo de población) han seguido trabajando, grapando parte de la alfombra, colocando pedazos, haciendo cortes para que encajara y preparándola para, después, plancharla a unos 175 grados porque, en la base, tiene un material que con el calor hace que se pegue al suelo, similar a los parches para ropa.

Los 275 metros de alfombra se han desplegado en el corazón de Hollywood Boulevard, que está prácticamente cortado. Solo queda más o menos libre una estrecha acera, la opuesta al teatro, donde transcurren los turistas y los vendedores callejeros de mango y sandía. Aunque parezca lo contrario, no es estos días precisamente cuando hacen su agosto, debido a la escasa afluencia de público, que ve limitado su acceso al Dolby (que es, en realidad, el cine adyacente a un centro comercial), pero también a otras atracciones como buena parte de las estrellas del Paseo, el Teatro Chino y al Hard Rock Café, junto al teatro. Además, está todo vallado, por lo que ni siquiera los selfis salen como se merece.

El rojo tapete vuelve a su ser después de tornarse color champán en 2023. A lo largo de sus casi 300 metros principales y en sus 10 metros de ancho estará tapado por una inmensa carpa (esta sí en color champán) por la que desfilarán los nominados y sus acompañantes. Tras él llegará la gala, a las cuatro de la tarde hora del Pacífico (las 12 de la noche, hora peninsular española), donde se entregarán 23 galardones durante tres horas y media; después, fiesta y supercena con jamón, sushi y gofres. En el teatro habrá unos 3.400 espectadores y en las pantallas de EE UU, si no varían mucho las cifras del año pasado, alrededor de 20 millones de personas (y varios millones en otros 200 países). Para cuando todos hayan entrado en el Dolby, esa fantasía de alfombras rojas, luces y cámaras empezará a esfumarse y, como Cenicienta, desaparecerá antes de la medianoche. La parafernalia que ha tardado 10 días en montarse desaparecerá en solo unas horas. ¿Y la alfombra? Parte se recoge y recicla para otros eventos, otra parte se tira. Más de uno, al salir de la gala, se lleva un pedazo de recuerdo a casa. El año que viene será otra, nueva, y vuelta a empezar. El espectáculo debe continuar.

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